Tan iguales, tan distintos

Ay, tu cunita de piedra… Recuerdo la que compró tu abuela para mecerte en ese silencio que siempre te acompaña. Qué chico más prudente… no podía ser de otra manera.

Un comentario popular ha querido sellar tu sino. ”¡Este niño es igualito que su padre!” Lo soltaban como un elogio, pues tu padre siempre ha sido un buen mozo. Los mismos ojos agitanados, los mismos labios gruesos dibujados en grana, los mismos gestos… No. Los mismos gestos no. Pude comprobarlo con el paso del tiempo; esbozas distintos los gestos. Supongo que ahí luce el fruto de mi labor y dedicación a ti.

Desde muy pronto fuiste sólo mío, sólo para mí. Tu padre nunca quiso ser padre de nadie por no tener que compartirme ni con su propia sangre. Fueron los dimes y diretes que corrían por las esquinas del pueblo dos años después de nuestro matrimonio los que le obligaron a satisfacer mi instinto maternal, y ya de paso acallaba los rumores acerca de su supuesta esterilidad, que no impotencia; de ello daban fe la ferretera, la hija del concejal y hasta las ovejas de Rufino si me apuras. ”Como no sea que se le ha secado…”, decían.

Para él fue una gran sorpresa y mayor alivio comprobar que durante la gestación también podía follarme. Y digo follarme porque tu padre me follaba siempre muy en serio, a su estilo; ya lo sabes tú, ese tan pelado de ornamentos que le caracteriza para todo. Creo que de haberlo sabido quizás no hubiera tardado tanto en concederme un hijo. Hasta el día antes del parto tuve mi ración casi diaria de obscenidad casera, y sin duda ello contribuyó a que llegaras antes de lo previsto.

A juzgar por el embarazo tan angustioso que pasé y las hipadas que notaba cada noche, hubiera dicho que ya dentro de mi vientre llorabas desconsolado. Quién sabe si las paredes de mi útero dejaron traspasar extractos de conversaciones de las que concluiste por ti mismo el tipo de padre que te estaba esperando a este lado del mundo, y en consecuencia, el tipo de vida. Una lástima no haberlo intuido antes, porque ya me hubiera yo encargado de compensar con caricias en mi vientre y palabras aniñadas que te avisaran que en el fondo papá no es mala persona. Papá es como es. Hay que entenderle… y yo, fíjate lo que te digo, tengo mucho que agradecerle, que le debo un hijo y todo lo que ese hijo me ha dado.

Naciste llorando y llorando pasaste buena parte de las noches de tus primeros cuatro años. Bien que se ocupó de que tu cuna estuviera en otra estancia de la casa, cuanto más retirada mejor, no fuera que los sollozos del nene llorón me ausentaran de su lascivo arrimo en nuestra alcoba. Nene llorón, así te llamó hasta que cumpliste los seis años y comenzaste a ir a la escuela.

Recuerdo una noche en que, presa de las pesadillas propias de tu temprana edad, corriste a nuestro cuarto y sin tan siquiera desocupar mi cuerpo, volvió hacia ti la cara y con gesto descompuesto te gritó que te fueras, ”Nene llorón, inoportuno de mierda”. Eso era lo malo de papá. Me había hecho madre con el mejor regalo, pero me lo administraba a su juicio, con el mismo criterio con que restringía ternezas y desperdigaba aspavientos.

Si algo tiene bueno tu padre es que se comporta como una bebida gaseosa, que una vez descorchada, se le va la fuerza y se queda disipado, así que pronto aprendí que más me valía vaciarle el gas cuanto antes. Ni que decir tiene que yo no siempre disfrutaba, aunque tampoco me incomodaba. Me acostumbré desde el principio a ser su hembra, su sierva, su capricho dócil. Se me dormía encima, apresándome, como queriéndome controlar los sueños el peso de sus manazas, pero tan denso era el suyo tras la exaltación, que si aguardaba un par de minutos sus respiraciones profundas, podía escurrirme entre su cuerpo y las sábanas sin peligro de ahuyentar su sopor. Y corría a tu lecho, a acallar tu llantera temblona y enjuagar las lágrimas que surcaban tus mejillas. Abrazaba tu cuerpecito y nos mecíamos al ritmo de los latidos lastimeros que resonaban en mi corazón medio amueblado hasta quedarnos dormidos. ”Mamá está contigo. Ya pasó, mi amor, ya pasó”.

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Pasó un verano, pasó otro, y otro… Sofocábamos el calor de las tardes con un baño mutuo donde ahogar nuestras desdichas y enjabonar nuestras heridas. El pilón quedaba salpicando de ternura, perfumado de inocencia. Sin darnos cuenta lo esporádico se convirtió en lo habitual y lo suave en deseable, y lo deseable en adictivo, y comenzaron a menguar en el reloj mis horas nocturnas en tu refugio de caricias sinceras, las que tu padre me escatimaba, las que tanto ansiaba mi piel. Codiciaba cada madrugada para recibir de tu boca los besos que la de tu padre nunca supo darme. Extendí tu amor por mi piel usando tus manos como espátulas diestras, queriendo allanar mis pliegues y sellar las humedades. Tus carantoñas debían quedar bien ocultas entre mis curvas y mis vellos, allá donde la piel cambia de textura. Siempre confié en tu ingenuidad para que no hubiera ningún gesto fuera de lugar.

Menos de seis metros de piso de crujiente madera separaban la rudeza, la vellosidad y los callos de la ternura y la suavidad exquisita de tu cuerpo lampiño. Si algún día le sentía despertar, corría al retrete desde el otro extremo de la casa y fingía haberme ausentado del lecho por tan sólo unos minutos.

Fuiste creciendo y tu físico se igualaba cada vez más con el de tu padre. ”Vaya, Rafael, estás hecho un hombrecito. Cada día te pareces más a tu padre”. Y erre. Tu padre, tu padre, tu padre… ¡Pero qué razón tenían los condenados! Aunque para condenada yo, condenada a verte crecer. A mis ojos seguías siendo mi Rafita, para todos los demás ya eras un joven muy guapote y afable. Cómo me recordaban tus rasgos a los de tu padre. Los mismos ojos agitanados, los mismos labios gruesos dibujados en grana, los mismos gestos… No. Los gestos seguían sin parecérsele. Nunca de las manos de tu padre vi brotar una caricia tierna, ni de sus labios un beso porque sí.

Con la aparición de tu pelusa púbica, brotaron también los primeros esquejes de tu madurez y fuiste consciente de lo que para mí significabas. Hijo único, único como hijo, y sin embargo, mucho más que hijo. Tuve que explicarte lo incomprensible, lo confuso, lo contradictorio. Amo a tu padre, que es buena persona en el fondo. ¡Cuántas veces te he rogado perdón!, en su nombre y en el mío propio por no haber sido capaz de evitarte todas sus borrascas y todas sus tempestades. Y papá se dejaba excusar, nunca lo hacía por sí mismo, que el padre era él. El padre, sí. El padre y el máximo culpable de nuestro secreto es él. Esquivando sus sospechas me fui convirtiendo en huésped de tus brazos, a escondidas de sus ojos para salvaguardar tu cuerpo de una tormenta de granizo.

Cómplices en la soledad, el temor y el dolor, nos hicimos también cómplices en el placer. Me angustiaba pensar que estuvieras esperando que terminara con papá para acudir a tu camita, así que terminé por apremiar los deseos de tu padre con tal de que se durmiera cuanto antes.

Cada noche salía de puntillas de mi alcoba y cruzaba el pasillo eterno que me llevaba hasta tu cálido cuerpo. ”¿Te ha hecho daño, mamá?” ”No, cariño, no sufras por eso. Ya estoy contigo”. Y comenzabas a besar mis pechos señalados por sus pellizcos desorbitados. Lo hacías con una dulzura irresistible, con la delicadeza de quien cura las heridas. Pero la virilidad de tu cuerpo ya no me inspiraba sólo ternura. Ni las reacciones de tu pubis, ni el olor de tus sábanas. Tu pelo ya no era tan suave ni tus manos tan blanditas. Y tus lágrimas se fueron transformando en miradas lascivas. Con los ojos abiertos eras mi Rafita. Con los ojos cerrados eras la versión tierna de tu padre. Así que me quedé con lo mejor de esa mezcla tamizada por la penumbra de tu cuarto. Así se me hacía realidad la ilusión de ser acariciada por tu padre, de poder besarle y acurrucarme en su piel.

Fui consciente de que nuestros encuentros excedían de la compasión recíproca la noche que tras acariciar todo mi cuerpo, besar mi cuello, mi boca y mis ojos, succionar mis pechos y apretar mis nalgas, tú seguías sin dormirte. ”Mamá, te deseo. Mamá, yo sí que te amo.” Y tu joven verga, que tantas veces había observado dormida, golpeaba mi pubis queriendo anidar en mis entrañas. Intenté separarme de ti, pero no atendías a razones. Tu pelvis se movía más rápido que mis pensamientos. Me tapaste la boca para no oír argumentos, ni explicaciones, ni gemidos; apreté las piernas y ceñí tu sexo entre mis manos hasta que descargaste en ellas todo ese amor retenido que racionalmente habías ido acumulando. Entonces caíste rendido, dando bocanadas aun en mis pezones sonrosados. Te destetó tu padre antes de tiempo… y claro, recuperaste después.

Durante mucho tiempo te tuvo subyugado a su voluntad, impidiéndote cualquier atisbo de sentimentalismo. Quería hacer de ti su reflejo mejorado, pero al darse cuenta de que era inútil reflejar más allá de la carne, te retó a ser su competidor, atacándote con menosprecio cada vez que podía. Entonces aparecía yo para excusarle y reconstruir tu ego juvenil, más dócil que la miga de pan, tan moldeable como la cera de una vela caliente. Esas noches eran las más intensas.

Cuando quise detener mis impulsos era demasiado tarde; ya habían pactado con los tuyos. Las ocasiones comenzaron a multiplicarse y ya no eran sólo las noches. Las siestas, las mañanas, los almuerzos en que tu padre se quedaba en el taller se convirtieron en ratos dedicados a la pasión y el amor más allá de lo maternal.

Aquel mediodía, gracias al Mazo, que anunció como siempre con ladridos la llegada de su amo. Me recompuse como pude, me coloqué el delantal y me hice un corte en un dedo para cubrir la herida con tu camisa desabotonada y distraer su atención. ”Nada, nada… no ha sido nada. Suerte que Rafita estaba en casa, que ya sabes que la sangre me marea. Anda hijo, ponte una camisa limpia, que habrá que sacar la mancha”. Me juré que nunca más correríamos el riesgo.

Comenzaste a extrañar mis caricias más íntimas calmándote con las propias, implorando mis deseos, dejándote ver tras puertas entreabiertas y oír en la quietud de la madrugada. Mis manos huecas ansiaban tu cuerpo, pero mi poca cordura aún me mantenía firme en mi juramento. No, no y no.

Rogué porque una muchacha te enamorara y calmaras con ella las pasiones que yo te había despertado, pero nada fue suficiente. No eran sólo pasiones sino heridas abiertas las que debía curar con la saliva de mi lengua.

Aquella Nochebuena llovía a cántaros. ”¿Misa del Gallo? Con lo que está cayendo seguro que Dios te perdona, mujer”, y se fue a dormir ayudado por un exceso de ingesta alcohólica.

Te empeñaste en acompañarme a sabiendas de la importancia que para mí tiene esta misa. Con la certeza de que el tiempo habría cicatrizado tus ardores, accedí orgullosa de ir del brazo de mi apuesto hijo. Llegamos con el tiempo justo de sentarnos en el último banco, a espaldas del resto de fieles que había acudido a la vieja ermita del pueblo.

Santa María, madre de Dios, que si amó a su hijo como yo amo al mío sabrá perdonar mis pensamientos impuros, fue testigo de las ascuas que se avivaron entre tú y tu madre. Tu madre… la que se arrimaba a tu cuerpo con la excusa del frío y se remangaba la falda para dejar paso a tus manos entre los muslos. Me temblaba hasta el aliento.

Tuve un arranque de cordura suficiente para posponer nuestro desenfreno, escaso para calmarlo. ”Vamos, hijo, vámonos de aquí….” Seguía lloviendo, pero no retrocedimos ni para recuperar el paraguas. Parecía que el cielo se estuviera licuando sobre nuestro pequeño pueblo, el que escondía un par de ojos curiosos tras cada contraventana oscura.

Cogiste mi mano para llevar a rastras tras ella todo mi cuerpo anhelante. Voces cantarinas escapaban por los cristales rotos de las vidrieras coloridas que cercaban la entrada. Las escaleras y los villancicos alegres se perdieron en el chof chof de nuestros pasos ligeros. Nadie nos vio llegar, ni salir. Nadie podría vernos, ni imaginar nuestra huida hacia la oscuridad que velaba nuestros cuerpos. Con los pies embarrados y el pelo escurriendo lluvia sobre mi poncho de paño me detuviste frente a ti, empujando mi espinazo contra la espalda de piedra de la vieja ermita. ”¡Hijo!” ”Shhhh…, tú déjame hacer”, y taponaste mi boca con la tuya, anudaste mi lengua con la tuya, cercaste mi cuerpo con el tuyo. Mientras tu abundante saliva trataba de apocar mi fuego, tus manos abrasaban mis pechos sobre la ropa mojada, deambulaban torpes y apresuradas entre telas pegadas. Con la capa recogida al cuello y la cabeza vencida hacia atrás, descubriste mis enaguas y rasgaste mis medias.

No podía creerlo. Mi dulce Rafita… Por el negro infinito del lienzo que pintaron mis ojos ceñidos desfilaron imágenes de tu padre. Tus manos eran las suyas. Tus besos eran sus mordiscos. ”Mamá, tú me lo has pedido. Siempre te gustó más que papá te follara. A mí nunca me dejas. Ahora voy a demostrarte que soy capaz de follarte como te gusta, mamá…” Ahora sí. Ahora sí eran tus gestos los suyos. Habías tenido tiempo de observar, ordenar ideas y sacar tus propias y erróneas conclusiones, y lo peor, estabas dispuesto a probarlas.

”Sujétate la ropa, mamá.” Y me cubriste con el poncho la cara ocupando mis manos en la labor que más contribuía a convertir aquello en un digno castigo. Más sombrío que la propia noche te sentí manipular mis muslos. Alzaste mi cuerpo tomándome por la cintura y con mis tobillos reunidos a tu espalda comenzaste a embestirme contra la dureza del muro irregular.

No paraba de llover, ni paraban tus impulsos ni tus palabras disfrazadas. ”Te gusta más que sea como papá. La ternura de tu niño te aburre. Pues ahora tu Rafita ya es un hombre con una polla, y está dispuesto a darte todo lo que llevas años pidiéndome.”

Se agolparon en mi boca múltiples excusas inútiles que en su pugna por ser pronunciadas, se quedaron en pensamientos impregnados de placer, porque hijo, has de saber que nunca la lluvia me ha caído tan mansa ni tu polla tan adentro, hasta golpear mi cerebro, mis impulsos, mis deseos y hacer jirones mi culpa, que para entonces, estaba más que roída.

Mi alma tocó fondo y mis pies fango sobre fango. ”Date la vuelta, mamá, lo he visto: a él también le dejas follarte por el culo. Yo no voy a ser menos. Somos igualitos, ¿recuerdas?”

Con mis manos hice tope sobre el muro para amortiguar tus arremetidas y no romperme el cráneo, que lo demás ya poco me importaba habiéndose despiezado la ternura de mi niño. Mi niño, el que mamaba cariño de mis pechos, los exprimía ahora con tal fuerza que parecía querer desgranarlos para ver su contenido. Cariño, siempre llenos de cariño para ti.

Tan confuso era el placer, tan iguales los impulsos, que con las nalgas sobrecargadas de presión y la espalda vencida por el peso de la ropa mojada me volví hacia ti para cerciorarme de que tu padre no te había relevado en un juego inoportuno. ”Termina ya, por Dios, te lo ruego…” Y obedeciste como el niño bueno que siempre has sido, derramando en mis orificios tu abundante deseo contenido.

Me abrazaste bajo un mar de llanto que licuaba el barrizal que compone nuestras vidas movedizas, el mismo que enjuagó tu disfraz. ”Mamá, juro hacer todo lo posible por verte siempre feliz.”

Según nos alejábamos el chaparrón arrastró el barro de nuestros zapatos. Atrás quedó también el tintineo de las panderetas que llenaba nuestro incómodo silencio. Entonces detuve mis pasos y busqué tus ojos agitanados desbordados de lágrimas y tus labios gruesos dibujados en grana rebosando sollozos. Apreté y sacudí tu mano. ”Rafa, a nadie. Ni una sola palabra. Ni un solo gesto.” ”A nadie, mamá. A nadie.” Buen chico.

Me desnudé a oscuras para no despertarle. En silencio sequé mi cuerpo y mi cabello con el camisón de franela que guardaba bajo la almohada. Me metí en la cama desnuda, tiritando de frío. No sé si lo espabilaron el olor y el tacto gélido de mi piel, o mis temblores y el castañeteo de mis dientes. Puede que estuviera despierto de antes, ansiando mi llegada para exprimir su verga repleta. Sin mediar palabra alargó su zarpa hasta mi entrepierna dolorida y el río viscoso de tu semen escapó de entre mis entrañas pringando sus dedos. ”¿Mi María viene calentita y no me dice nada?”. Nada dije. Apreté mis labios para ahogar el dolor de los latigazos que sentía en el alma viéndole relamer tu leche condensada mientras me enclavaba en la cama. Frunció el ceño en una sola ceja peluda. ”¡María!, ¿con quién, MARÍA?, ¿QUIÉN se folla a mi María?”, me preguntaba una y otra vez como un eco rebotado de pared en pared. Tu padre conoce bien el sabor de mi sexo, y su caudal y su origen, y mis temblores de frío, y mis temblores de miedo. Estos últimos contestaron a sus retóricas. Salió despavorido de la alcoba. Las zancadas crujientes que se alejaron por el pasillo me anunciaron sus intenciones, como los rayos y truenos anuncian la tormenta.

Mi Rafita… Contigo se fueron las esperanzas y las ganas de vivir. Contigo todo me lo dio y sin ti todo me lo ha quitado. Pero espérame, mi niño, que pronto nos veremos. No sé si en el cielo o en el infierno…, sólo espero que Dios, testigo de nuestras desdichas, nuestros pecados y nuestros remedios, tenga a bien condenarnos en la misma celda o liberarnos en el mismo edén, para poder entregarnos mutuamente el amor que en vida nos fue negado.

Descansa en paz, hijo. En tu silencio, en tu cunita de piedra.

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